Pilar

Toni Benavente

Pilar, así se llamaba la profesora que me daba clase en mi primer curso del colegio. Pilar era una mujer muy cariñosa, recuerdo como me acariciaba el pelo mientras me hablaba, ella jamás se enojaba, siempre guardando la compostura ante cualquier problema que pudiera surgir. Recuerdo su larga cabellera negra, recogida a veces por una graciosa coleta que emanaba de la parte más alta de su cabeza. Siempre contenta, contagiando la felicidad que poseía a todos los que la rodeaban. Recuerdo como siempre terminaba cualquier conversación regalándome un cariñoso beso en la mejilla y soltándome esa mítica frase suya que decía, "No te preocupes, ya verás cómo lo solucionamos", y solo con pronunciar estas palabras, ya sentía como si todos los problemas estuvieran resueltos.

Su imagen, su ternura y las hermosas historias que ella me contaba quedaron tan grabadas en mi memoria, que permaneció en mí por siempre un deseo ferviente de poder volver a verla y decirle lo mucho que significó en mi niñez.

Siendo ya mayor y aprovechando un viaje de placer muy cercano al pueblecito donde ella vivía, aproveché y me acerqué hasta allí para por fin poder reencontrarme con ella y poder abrazarla como tanto deseaba, pero ya no se encontraba allí, bueno, en cierta manera, ya que lo único que pude visitar fue la tumba donde yacía en el pequeño y viejo cementerio del pueblo.

Observando aquella blanca y fría lápida, llegué a la conclusión de lo frágil y corta que es la vida. Pensaba como hubiera sido mi reencuentro con Pilar si ella aún estuviera viva y también sentía un gran pesar por no poder haber hablado con ella una última vez y poder agradecerle todo lo que ella significó en mi infancia. Unos años bastante duros para mí, pero que gracias a ella se convirtieron en hermosos e imborrables recuerdos.

Ya no puedo hablar contigo Pilar, por eso te escribiré esta carta que estoy seguro de que podrás leer de una manera u otra, allá donde estés.

Querida Pilar:

Han pasado ya muchos años desde que tú entraste en mi corazón. Ya no estás aquí, pero tu recuerdo seguirá siempre junto a mí. Me considero afortunado de haberte conocido y tenerte como maestra y he de reconocer que sigo profundamente enamorado de ti, de tus manos, de tu voz, de tu corazón. Por ese empeño que ponías para enseñarme todos tus conocimientos, porque no dejabas que perdiera la confianza en mí, porque siempre me decías que con un poco más de esfuerzo lo conseguiría todo. Tú me enseñaste a pensar de forma diferente, a elaborar mi propio criterio, a distinguir los valores importantes de la vida, y yo te lo agradezco. Eso no lo hace cualquier maestra, pero tú lo hiciste, y agradezco enormemente la confianza que depositaste en mí. Esa confianza me ha servido durante toda la vida para luchar en los momentos más difíciles.

Nunca podré olvidar a aquella profesora de primaria.

Siempre estarás conmigo, Pilar.