El orden desordenado contra el desorden ordenado

Toni Benavente

La gente desordenada tiende a decir que en su desorden hay un sistema y que ellos saben dónde tienen cada cosa. Es más, muchos opinan que ese caos les ayuda a pensar y a trabajar. En un primer momento, yo pienso que son unos vagos que no quieren tomarse cinco minutos para ordenar esos libros y guardar esos papeles donde toca, pero no obstante pienso erróneamente, ya que he de decir que esta gente desordenada tiene toda la razón, y quizá el problema lo tengo realmente yo.

Hay personas que saben dónde está cada cosa dentro de su desorden. Aunque esto no es algo que pase siempre, otra cuestión es que el orden de cada uno es tan subjetivo que donde uno ve desorden es posible que haya ciertas normas en lo que aparentemente es un caos.

Además de que existe este orden interno, tener las cosas fuera de su sitio puede estimular la creatividad porque el sistema es abierto y se presta a surfear buscando salidas, creaciones, soluciones, caminos. Eso sí, aunque las personas creativas sí suelen ser desordenadas, esto no significa necesariamente que todas las personas desordenadas sean creativas. Es decir, tirar los libros por el suelo no nos va a convertir en genios. La consecuencia del desorden no es la creatividad.

Un estudio mostró cómo un ambiente desordenado favorecía respuestas más creativas de los participantes que uno limpio y arreglado. A modo de compensación, el mismo experimento puso de manifiesto que la gente ordenada prefiere la alimentación sana, es más propensa a donar dinero y tira más por lo clásico que por lo nuevo, esto tampoco significa que yo me sienta conservador, todo lo contrario, ya que me considero bastante progresista.

En un artículo publicado sobre este tema, también apuntaba que la tendencia a oficinas minimalistas podía suponer un freno a la creatividad. No se trata solamente de que no sea posible el desorden, sino de que cada vez tenemos menos espacio propio.

En definitiva y para mi contrariedad, hay que tener cuidado con el orden perfecto, donde todo está previsto y perfectamente ajustado en cuanto al espacio y el tiempo, y por tanto donde la improvisación y la creatividad casi no tienen cabida. Esta pulcritud excesiva no solo es signo de rigidez mental, sino que se asemeja a lo excesivamente normalizado y pautado y suele ir asociado a una tendencia obsesiva y algo maniática, y por tanto de déficit de normalidad en el comportamiento.

Por ejemplo, una obsesión por el orden se puede considerar dañina para la persona, porque esa manía por el orden que parece que le confiere una cierta felicidad, contrariamente es algo que hace para huir de la ansiedad que le provoca el no hacerlo o verlo desordenado.

Por lo tanto, moveré ligeramente la libreta y el bolígrafo para que no queden alineados con la mesa y desordenaré un poquito los libros y los papeles que hay en el despacho.

Eso sí, no todo es malo en el orden, ya que favorece la armonía, la relajación, la eficacia en el rendimiento y el bienestar con uno mismo. A nuestro cerebro le resulta agradable y por eso busca patrones, estructuras y normas. La limpieza y el orden promueven los comportamientos legales y morales, mientras que un ambiente desordenado puede llevar a lo contrario.

De hecho, el caos también puede suponer un problema. Por ejemplo, en el trabajo o con la pareja, si uno de los dos es muy ordenado y el otro caótico, esto dará lugar a conflictos y choque de intereses, y eventualmente se puede desembocar en descarrilamiento. Yo soy una fiel muestra de ello.

Es decir, hay límites, tanto en un sentido como en otro, si el desorden y la desorganización son elevados favorecerían también el caos, el estrés y la confusión, y eso lo complica todo, como las relaciones personales, el trabajo o el estado mental.

Pasar horas ordenando tu mesa no te va a devolver horas de eficiencia. Puede ser más útil dejar que el desorden se amontone en lugar de lidiar con él constantemente, siempre que no se superen ciertos límites. Es decir, se trata de admitir que vamos a perder la batalla contra la entropía y siempre habrá algo fuera de sitio.

Lo más posible es que las personas que tengan una obsesión por el orden, dediquen tanto tiempo a este que no les quede tiempo ni recursos para la creatividad.

La clave está en encontrar el equilibrio, cierta dosis de desorden es conveniente para dar un toque de improvisación, de informalidad y de frescura a la vida, como también, cierto orden externo facilita el orden y disciplina mentales, o sea, un orden interno de las ideas y sentimientos. Entre otras cosas porque luego no hay más remedio que aplicar un método para llevar cualquier idea a cabo.

Es decir, por mucho que el desorden pueda ser estimulante, también necesitamos espacios de trabajo y hábitos más o menos estructurados, que suponen un orden temporal.

De todas formas, no somos cien por cien ordenados o desordenados, sino que esto puede cambiar incluso para ciertos ámbitos. Una persona puede ser muy ordenada en el trabajo y más desordenada en lo que respecta a la higiene o al sueño, aunque quien es muy desordenado, suele serlo en todo.

En definitiva, no estoy condenado al frío y cuadriculado mundo de la obsesión por el orden, ya que se puede modificar o moderar este comportamiento y entrenar la creatividad con método y supervisión. El objetivo es entrenarse para encontrar soluciones a diferentes problemas y abrir compuertas, nuevas vías y conexiones.

Comenzaré poco a poco y les dejaré aquí este escrito. No, mejor aquí. Sí, ahora está bien. Creo. No sé. Yo lo veo fuera de sitio.